martes, 3 de abril de 2007

Esa noche, como de costumbre, el policía hacia la recorrida por el parque. Sus pies, doloridos lo hacían detenerse cada tanto para masajearlos.
Tenía casi cincuenta años, toda su vida la había dedicado a esa institución que ahora, ya no lo necesitaba.
Esta ronda, era especial, tenia un significado distinto, todo le llamaba la atención, el viejo árbol en el medio de la laguna, la estatua de un general famoso, que por cierto, nunca supo su nombre, y, principalmente el banco, ese banco de madera viejo y arruinado, que como él, pronto seria reemplazado por uno nuevo, de esos modernos.
Se detuvo, contemplo la cálida silueta de la luna que se reflejaba en el agua, luego lentamente se sentó. Estaba triste y solo, la única familia que había conocido, ya no tenía lugar para él.
De pronto sintió frío, sus manos, callosas y arrugadas le temblaban, su corazón latía muy rápido y su rostro cambio de color, quiso pararse, pero sus piernas no le respondieron, quiso gritar, pero su voz lo había abandonado, sus ojos se llenaron de lagrimas, sintió miedo, miedo a la soledad, a la vida que le esperaba, pero también sintió bronca, bronca por ser viejo, por no ser necesitado, por no tener ya una razón para levantarse.
Se hizo de día, los barrenderos que llegaban lo vieron, estaba allí, sentado, inmóvil, en su mano estaba su arma, su uniforme manchado con sangre. Pronto llego la policía, su “familia”, como el la llamaba.
Se llevaron su cuerpo, algunos no lo conocían, pero todos estaban tristes, incluso enojados, no podían entender porque le permitían usar armas a un anciano.

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