martes, 4 de septiembre de 2007

Nada cambia, siempre el mismo rostro frente al espejo, quizás un poco más viejo, hasta podría decirse que el tiempo le sentaba bien. Lo que no se puede negar es la mirada de tristeza que tiene.
Todo se remonta a una tarde hace unos años, cuando ella, la dueña de su mundo, decidió que ya no lo sería más. Todo él se entrego al abandono, sus ganas de vivir no fueron las mismas y su cuerpo hoy le pasa factura por ello.
En vano trataron sus amigos de sacarlo de ese subterráneo mundo en el que se mueve, como si la vida le pesara tanto que se rinde a cada paso. El siempre fue seguro de si mismo, o por lo menos lo aparentaba de una forma en que nadie se daba cuenta de su verdad, o mejor dicho, de su mentira.

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